Noticias - 2013-10-27

LOS GRANDES RETOS DE LA GENTE PEQUEÑA

Lugar
PERÚ
Hora
00:00 A.M.
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Esta semana se celebró por primera vez el ‘Día mundial de las personas con talla baja’. Estas son historias de cómo ellos superan los obstáculos que la sociedad impone, a pesar de su tamaño.

Ahora que Sibel quiere ir al piso inferior de un centro comercial, debe caminar hasta el ascensor y, como siempre, ingeniárselas para alcanzar el botón del número de piso. Mide apenas un metro con 28 centímetros y para ella todo es más grande, más alto, en  cualquier lugar de la ciudad. Pero no por eso pierde la paciencia y el buen humor. Hace años que ha aprendido a lidiar con los problemas cotidianos. Esta vez, saca un lapicero, lo agarra por un extremo, se empina un poco y presiona el botón. Después sonríe.

Sibel de Souza tiene 32 años y es psicóloga clínica. Sufre de acondroplasia, un trastorno en el crecimiento de los huesos que causa lo que comúnmente se conoce como enanismo. A ella el término no le gusta y prefiere el de ‘pequeña’. Fundó en el 2006 la Asociación de Personas Pequeñas del Perú (Aspepp) y ha lidiado un montón para unir a la comunidad de gente menuda y para que el resto de personas no subestime las capacidades que tienen. “Me esforcé el doble, pero he conseguido el respeto de todos los que me conocen”, dice.

Un grupo de cuatro ‘pequeños’ caminando por un centro comercial o por mitad de la calle definitivamente llama la atención. Eso pasó hace unos días cuando Sibel se reunió con Greysi, Oswaldo y Roberto para conversar con nosotros. La gente sonreía a su paso y se los quedaba mirando, otros incluso se detenían hasta que los veían alejarse. “No pasa nada. Ya estamos acostumbrados”, dice Roberto Cutimbo, 32 años, un metro con 38 centímetros y el más alto del grupo.

¿Cuáles son los problemas que se les presentan en una ciudad hecha para grandes? Veamos: no alcanzan las cabinas de teléfono, los botones de los ascensores, algunos cajeros automáticos, los mostradores de los bancos y de otros locales públicos, entre muchas otras cosas. Pero siempre se las ingenian. Oswaldo, por ejemplo, debe esperar a que alguna persona se acerque y lo ayude a poner la moneda en una cabina de teléfono. “Si no viene nadie, salto y pongo la moneda al vuelo”, cuenta sin ‘paltas’.
Sibel explica, por su parte, que muchas veces debe salir más temprano al trabajo para poder escoger un bus que no tenga escalones muy altos. “Algunos buses se pegan a la vereda cuando me ven, pero a otros no les importa”. A su vez, Greysi, 25 años, natural de Loreto, cuenta que cuando todavía vivía en su tierra, a veces paraba una mototaxi y no le hacían caso pensando que estaba bromeando. “Aquí también algunas combis se pasan de largo cuando levanto la mano y las detengo”, comenta con su dejo charapa.

No es raro que alguno de ellos haya tenido que golpear el mostrador de un banco para que el cajero se dé cuenta de que está ahí, enfrente de la ventanilla. Y tampoco que muchos miembros de la asociación hayan acondicionado partes de su casa de acuerdo a su tamaño.

Greysi, por ejemplo, ha puesto unos escalones frente al lavamanos de su casa para alcanzar el grifo de agua y también para poder mirarse al espejo. Algunas familias, con hijos ‘pequeños’ tienen camas más bajas, pero la mayoría se arregla en su casa con un banquito o una silla para alcanzar las cosas más altas.

Pequeños valientes

Antonio Ochoa es uno de los fundadores de la Asociación de Personas Pequeñas del Perú (Aspepp) y conoció ahí a Gina Pérez, su actual esposa. Los dos son de pequeña estatura, pero su hijo Isaías, que ya tiene dos años, es de talla normal. Esas son las incertidumbres de la acondroplasia: una pareja de talla normal puede tener un hijo pequeño y dos padres pequeños pueden tener uno grande, aunque la posibilidad es de 25%. La mayoría de personas con acondroplasia tienen hermanos grandes. Es el caso de los mencionados en esta nota.

Antonio es actor y el 2006 se fue del Perú para trabajar con Unicef en Ecuador y Argentina. Después tuvo un stand de organización de eventos en un centro comercial de Ecuador. El 2011 se vino al Perú con una plata ahorrada para poner un negocio similar. Aquí las cosas no salieron bien: alguien le clonó su tarjeta del banco y vació su cuenta. Al mismo tiempo su esposa se embarazó de su primer hijo. Así que no tuvo tiempo para lamentarse y se puso a trabajar en la organización de shows de circo y acrobacias. “Hay que ser valiente. Trabajo duro para que a mi familia no le falte nada”, dice.     

Sibel de Souza explica que ellos están considerados personas con discapacidad porque su desarrollo físico es limitado, pero “hacemos nuestras actividades como cualquier persona”. Ella, por ejemplo, es una psicóloga exitosa que trabaja dando talleres a adolescentes y grupos de adultos a nivel de municipalidades e instituciones, además de su práctica privada. Es el rostro visible de su asociación y es el motor que empuja las actividades del grupo. Hoy tienen 150 asociados, entre adultos y niños, aunque los activos son entre 80 y 100.

Hace unos días hablamos con Roberto Cutimbo, que es una persona pequeña y –literalmente– un pequeño empresario. En su casa de Breña tiene un taller de artesanías (pulseras, collares, chaquiras y otros adornos) que vende  en las tiendas del centro de Lima. “Mi objetivo es exportar”, dice. Para eso ya tiene una socia, la señora Mery Santiago, que tiene contactos y es una consumada artesana.

A Roberto, que usa el pelo largo en una cola, varias veces en la calle lo han confundido con José Luis Almanza “Chatín” –el cómico que trabaja con Carlos Álvarez– y le han pedido hacerse una foto. “A veces les sigo la corriente, pero otras veces les digo que soy otra persona”, explica. Su familia lo apoyó siempre y tiene espíritu independiente. “Hace diez años aprendí a hacer artesanías, vendí un tiempo en la calle y ahora atiendo pedidos”, comenta. El mismo espíritu independiente y emprendedor tienen Greysi y Oswaldo: ella estudia administración de empresas y Oswaldo trabaja en circos, spots de TV y como extra en algunos programas. “Una vez me llamaron para hacer de Messi en una producción fotográfica”, dice sonriente.

No hay cifras oficiales de cuántas personas tienen acondroplasia en el Perú, pero se estima que el promedio es de un caso cada 20 mil nacimientos. Muchos de los jóvenes que Sibel ha logrado atraer a la asociación antes no tenían amigos de su estatura y hasta pensaban que eran muy pocos. “Yo no conocía a gente como yo, pero cuando supe del grupo y me acerqué, en verdad que cambió mi punto de vista. Con ellos me volví más abierta, más sociable”, dice Rebeca, 28 años, un metro con 35 centímetros y hoy una malabarista de semáforo.

Hace unos días la vimos en acción en un cruce de la avenida Canadá. Hace malabares con cintas, banderas y hasta con fuego en lo que dura una luz roja. Con ese arte ha recorrido varias ciudades del país y hasta llegó a Ecuador, donde –dice– no miran con tanto prejuicio a las personas pequeñas. “Aquí, por ejemplo, hice un curso de call center para atención por teléfono, pero las veces que me presenté a un trabajo nunca me escogían. Me decían que no tenía experiencia, pero yo creo que era por mi tamaño”, explica.

El último viernes la asociación celebró el Día Mundial de la Persona de Talla Baja. “Que no nos encasillen solo en la gracia, la comicidad. Hay profesionales y emprendedores valiosos entre nosotros”, nos dijo Sibel. Cierto. Esta semana conocimos a algunos.