Noticias - 2013-05-06

JAVIER EN LA MEMORIA

Lugar
LIMA - PERÚ
Hora
00:00 A.M.
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Detalles:

La injusta muerte de una vida justa
 

La República - La partida de Javier Diez Canseco ha servido para destacar las condiciones excepcionales de un hombre comprometido con la justicia, en un país atravesado por la inequidad, y con la honradez, en un país asediado por la corrupción. Su muerte nos sabe a una arbitrariedad con una vida entregada a la verdad.

Su temprana desaparición, dolorosa e inesperada, luego de una enfermedad fulminante, también sirve para destacar sus cualidades personales que parecen originales en un sistema político en el que la tenacidad, la honestidad y la búsqueda de la verdad no suelen ser atributos obligatorios de un hombre público. En Javier, estas características fueron acendradas e inherentes incluso para sus detractores.

Javier Diez Canseco no fue un predestinado; se construyó a sí mismo contra la corriente y las predicciones; en ese sentido, tuvo una vida inédita. Con una discapacidad que enfrentó y dominó, abandonó las comodidades de una tradición familiar para nutrirse del ímpetu social y popular que sacudía en los años setenta las viejas estructuras de un país desigual, fundiendo su voz con el rumor de una sociedad demandante. Desde ese momento, las mujeres y hombres abandonados por el Estado e ignorados por los poderosos lo tuvieron entre los políticos e intelectuales que proclamaron y organizaron el cambio democrático y social.

Al destino de los que demandaban Javier ató el suyo, como dirigente estudiantil en la Universidad Católica, activista de la Confederación Campesina del Perú (CCP) y animador de las organizaciones vecinales y sindicales. Definió su vida desde una militancia socialista, con cuyo devenir vivió y sufrió intensamente; Javier Diez Canseco fue, sobre todo, un militante de la política, un militante de la izquierda y un militante del socialismo.

Por lo mismo, fue un militante de la vida; animó la creación de organismos defensores de los derechos humanos y él mismo fue quien desde el Congreso, desde 1980, demandó su vigencia durante el período de la lucha contra el terrorismo. Fue también un activo defensor de las minorías sexuales, de las mujeres y de las personas con discapacidad.

El sentido vigoroso de la misión que se impuso fue tangible durante su vida pública, la misma que lo llevó siete veces al Parlamento, como constituyente, diputado, senador y congresista. Investigador nato, organizador de las demandas sociales en el Parlamento, fiscalizador de los gobiernos de turno y promotor de normas que reivindican derechos y libertades, Javier fue un parlamentario prolífico y eficaz. La fuerza de su verbo y de su acción parlamentaria puede ser medida por las sanciones de las que fue objeto por oponerse a las dictaduras parlamentarias, durante el fujimorismo, o por la mezquindad de la antipolítica y la mediocridad, evidenciadas recientemente.

Su compromiso con la democracia no estuvo exento de peligros; fue deportado por la dictadura de Morales Bermúdez  y en los años del fujimorismo fue víctima de acoso y amenazas; el 14 de noviembre de 1990 una carga de dinamita explotó en su casa en una de las primeras acciones del Grupo Colina. Ese mismo compromiso con la democracia lo llevó desde el Foro Democrático al recojo de firmas para exigir un referéndum contra la ilegal reelección de Alberto Fujimori y en ese mismo período fue un animador incansable de la unidad democrática junto a Gustavo Mohme Llona y otras personalidades, en espacios como el Comité Cívico por la Democracia y la Coordinadora de los Frentes Regionales.

Conscientes de los dictados de la adversidad, La República despide con aplausos a su columnista y amigo; al hacerlo, reitera su honestidad y consecuencia. Su presencia fundamental será extrañada en un país que demanda más vidas y más sueños como los de Javier.